Restaurantes que he vivido
San Nicolás
Soy un apasionado de las direcciones secretas, de los restaurantes que no forman parte del clásico circuito gastronómico, ni de las guías, que funcionan gracias al boca a boca. No siempre son fáciles de encontrar. El azar o la recomendación de algún amigo con el que compartimos afición gastronómica nos suele conducir a ellos.
El restaurante San Nicolás es uno de esos lugares. Situado en el populoso barrio de La Elipa, cerca de la Plaza de Toros de Las Ventas, no es un restaurante que forme parte del circuito habitual de la restauración madrileña, pero, sin embargo, es una dirección altamente recomendable. Su coqueto salón, con pocas mesas y la atención de su dueño, Jesús Rojo, hace que nos sintamos como en casa. San Nicolás es un restaurante de barrio, de cocina tradicional, que nunca defrauda al comensal. Sus fieles, que son tropel, son vecinos de la zona y forasteros llevados por la casualidad.
Una de las especialidades del restaurante San Nicolás son sus arroces. El de bogavante, tan de moda últimamente, es de los mejores que he comido. Caldoso, tiene un sabor plenamente marinero y se presenta -con su bogavante entero y fresquísimo- servido en un enorme recipiente de barro, lo que garantiza raciones generosas. Otra de las especialidades de la casa es el de carabineros, por el que se decantan numerosos parroquianos. Además de los arroces, el restaurante cuenta con una amplia carta, en la que destacan los Caracoles, la Sopa de marisco, el Cordero asado o las Verduras a la plancha. En realidad, resulta difícil equivocarse al elegir cualquiera de los platos que componen la carta de este restaurante, que ofrece también un menú degustación y otro de oficinista, más modesto y que triunfa de lunes a viernes. La cocinera, de origen gallego, se encarga de que el cliente acabe siempre satisfecho, sea cual sea su elección.
Un vino de Rueda resulta un maridaje perfecto si elegimos comer arroz. A los postres, Jesús suele ofrecer un "cóctel" casero de tartas y helados. Los licores con los que obsequia al visitante, elaborados de un modo tradicional, tampoco conviene perdérselos. La cuenta llega a la mesa sin excesos, un aliciente más para dejarnos caer por allí.
Julio 2010
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